Uso esa alusión al poema de Miguel Hernández para definir hoy mi estado de ánimo ante el anuncio de la reforma constitucional que se ha anunciado por el Presidente del Gobierno. Y no lo hago porque no se use la fórmula del referéndum, moda que no aporta gran cosa, a mi juicio para el asunto del techo presupuestario para el gasto. Sino por otras dos razones:
1.- Porque tal y como dice Rosa María Artal, España y este Gobierno abrazan de manera definitiva un postulado más parido por el neoliberalismo que en mi conciencia socialdemócrara chirría hasta doler. Habrá que ver cómo elabora el Gobierno y el Grupo Parlamentario Socialista la propuesta de reforma para adecuarla lo más posible a sus postulados, aunque a lo mejor ya ni importa.
2.- Porque durante muchos años se ha hablado de lo complejo de someter a la Constitución a una reforma seria, con temas que realmente sí importan y son demandados por la ciudadanía. Después de escuchar mil excusas, nos topamos con esto en tres días.
Tristes, tristes estos últimos meses de legislatura con primarias que no se hacen (y que conste que a mí, lo de las primarias me da igual), genuflexiones papales excesivas y hostias nada consagradas de la Policía a los que pedimos un Estado aconfesional, de verdad.





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